Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!

Dolor.

A veces trabajas en consulta con personas que han sido muy dañadas cuando eran pequeñas. Pongamos el ejemplo de una de ellas. A esa persona la habían hecho pupa, pupa de verdad. La habían lastimado, pero como era fuerte y resistente cerró la herida sin curarla por dentro. Y como era de esperar, la herida gangrenó y se extendió, echó raíces en su alma, en su corazón, en su mente, en sus órganos vitales. 


A consulta acuden personas por motivos variados. A veces porque atraviesan un momento complicado de ansiedad o de pareja. Otras veces porque quieren desarrollar sus potencialidades y pulir algunas actitudes o conductas interfirientes. Pero en otras ocasiones, llegan personas a las que se les infligió un dolor lacerante que les hace sangrar por dentro. 


Y éste fue el caso. Las ofensas que vivió en su infancia, la fortalecieron. No le quedó más remedio que sobrevivir. Se convirtió en una persona resolutiva, autónoma y autosuficiente. Pero en el fondo, estaba atrapada en su temor a ser dañada de nuevo. No quería exponerse a ese sufrimiento, el del abandono, el del sentirse insignificante y desechable. Cualquier persona que la observase la percibiría como segura pero también como fría y distante, incluso intimidante. Si supieran el sufrimiento que albergó en su interior y la lucha que hubo de sostener contra sus demonios…. Así pues, parecía que todo aquello había quedado atrás. Pero no. Su vida estaba restringida. Vivía a medias porque vivía con miedo. 


Y entonces recuerdo que utilicé la metáfora del castillo inexpugnable que ideé en el pasado y que en tantas ocasiones me ha servido para ayudar. 


Esta persona, que había vivido la desatención y el desafecto y se había sentido desdeñada, introdujo su ser dentro de un castillo inexpugnable. Nadie podría adentrarse en él. Era un castillo que no podía ser atacado ni conquistado. Las defensas de las que disponía eran invencibles, un auténtico ejército de élite. 


Pero cerrar herméticamente el castillo, generó problemas de abastecimiento. Empezó el hambre y la sed. En este caso hambre y sed de amor, de apego, de cohesión, de pertenencia.

Pero claro, el castillo ha estado tanto tiempo cerrado y ha generado tal sensación de protección, que abrirlo aterra. ¿Y si hay enemigos que asolan el castillo, que lo pisotean y lo mancillan? ¿Y en este caso quiénes son los enemigos y qué podrían asolar? El enemigo sería esa persona a la que amar y lo que podría asolar es su autoestima, su estabilidad emocional, su concepto de sí misma, su integridad psíquica. Porque si vuelven a marcharse, confirmará esa sensación que siempre le acompaña como una Espada de Damocles, de que no es querible ni atesorable. 


Así pues, recluirse en el castillo fue una acción que la preservó en su infancia, la acunó en su desamparo que tantas almas rompe. Pero ahora, esa estrategia es obsoleta. Ahora le priva de exprimir la vida. Ahora hay que bajar el puente levadizo y tantear el exterior.


¿Y quién estará a tu lado? Lo haremos de la mano juntas. Porque tú, querida paciente, sea cual sea tu nombre, eres importante para mí. Y tú, querida paciente, sea cual sea tu nombre, dispones de todo tu ímpetu y vigor para lograrlo. 


¿Alguna vez he dicho lo que significa la Psicología para mí? ¿Cómo no va a significarlo todo después de haber sido testigo de tantos puentes levadizos que se abrieron? Gracias